¿Cuál es el sentido de la vida? ¿Cuáles cosas son las que le dan sentido? (Parte I)

La felicidad espiritual versus la felicidad material-personal

El ser humano en general, independientemente de su credo religioso o de su concepto de Dios, con toda seguridad cree que las cosas que le dan sentido a la vida son  elementos tales como los valores, las virtudes, el auto desarrollo integral, el conocimiento de sí mismo, la relación armoniosa con Dios y con sus semejantes, la paz interior, la vida eterna, la felicidad espiritual, etc.

Pero un 95 % o más de la humanidad incurre en una terrible contradicción entre esa creencia o convicción, y lo que puede observarse en la realidad, en la vida cotidiana, en el día a día, donde elementos tales como el hedonismo, el modelo del consumismo, los paradigmas del éxito material/personal y el de la ostentación/acumulación de riqueza, así como también, la búsqueda de reconocimiento a partir de logros materiales-personales, condicionan poderosamente las vidas de esa inmensa cantidad de personas.

Dicho condicionamiento es tan fuerte, que en realidad el concepto del sentido de la vida para ese 95 % de la humanidad NUNCA estará fundamentado en elementos nobles y virtuosos de carácter ético y espiritual, sino que estará configurado a partir de los deleites, las emociones fuertes, los motivos materiales-personales cautivantes, los deseos y las pasiones.  Es decir, a partir de todo aquello que es -desde el punto de vista de la sabiduría universal o filosofía perenne- superficial, transitorio, limitado, desechable, corruptible. Si les despojan de todas esas cosas, sus vidas se deformarían, perderían el sustento, se desinflarían como un globo y caerían al suelo.

En síntesis, si bien es cierto que una inmensa mayoría de hombres y mujeres de todo el mundo consideran que el sentido de la vida está sustentado principalmente en  lo espiritual y lo ético, es fácilmente comprobable que lo que verdaderamente funciona, lo que efectivamente le da sentido a sus vidas, es todo lo que se encuentra en el mundo de ilusión e ignorancia, que son aquellas cosas mutables e impermanentes que ama y desea la personalidad egoísta del ser humano y en la cual empeña su voluntad obstinada.

La personalidad egoísta es un factor fundamental cuando hablamos del sentido de la vida. El ser humano tiene la siguiente composición trinitaria: cuerpo, psique y espíritu. Dentro de la sique, está localizada la voluntad obstinada o personalidad egoísta, amante de los deleites, los apegos, los deseos y las pasiones.

La personalidad egoísta es la mente de deseos e inteligencia calculadora y mezquina, y  por definición es totalmente contraria al perfeccionamiento espiritual. Es presumible que el 98 % o más de los terrícolas se encuentran totalmente dominados por su personalidad egoísta y/o por su voluntad obstinada. Esto significa que el mundo está gobernado por el imperio del Yo, cuando lo ideal sería que se encuentre gobernado por el reino del espiritual NO-YO.

Es tan poderosa la personalidad dentro de dicha composición trinitaria, que el individuo cae en el error de desvirtuar el verdadero sentido de la vida -que es absolutamente espiritual- y se concentra a vivir en un mundo de ilusión e ignorancia. El carácter ilusorio se debe al vasto conjunto de bienes materiales-personales que cautivan y apasionan a la personalidad egoísta,  a pesar de que dichos bienes son virtualmente inexistentes (son elementos transitorios, fugaces, mutables e impermanentes). La ignorancia se debe a la domesticación egocéntrica y religiosa (el gran rebaño de ovejas domesticadas). Como consecuencia de vivir en ese mundo de ilusión e ignorancia, el individuo compromete su vida a la obtención de la mayor cantidad posible de deleites y de bienes materiales-personales, en detrimento de su desarrollo espiritual, que requiere de tiempo, de sacrificio, de trabajo.

Los conceptos de personalidad egoísta, voluntad obstinada y  mundo de ilusión e ignorancia, son típicos de la Filosofía Perenne, la cual trataré de explicar a continuación, en forma breve, precisa y puntual. Inicialmente me apoyaré en Wikipedia, que dice lo siguiente:

“De acuerdo con los fundamentos de la filosofía perenne, los pueblos de diversas culturas y épocas han experimentado y registrado percepciones comparables sobre la naturaleza de la realidad, el ego, el mundo, y el significado y el propósito de la existencia. Estas similitudes apuntan a unos principios universales subyacentes que forman la base común de la mayoría de las religiones. Las diferencias entre estas percepciones fundamentales surgen de las diferencias en las culturas humanas y se pueden explicar a la luz de tales condicionamientos culturales” (Wikipedia: La Filosofía Perenne).

En toda religión siempre encontraremos una versión superficial o exotérica de su doctrina, y una versión profunda o esotérica. En el caso concreto del Cristianismo, su versión profunda está representada por la escolástica y por la teología mística. Algunos de los principales exponentes de estas disciplinas son San Agustín de Hipona, Santo Tomás de Aquino, Eckhart, San Juan de la Cruz, William Law y el Pseudo Dionisio. La Filosofía Perenne es el máximo factor común en el cual convergen los principios universales subyacentes o esotéricos de todas las religiones, ya sean dogmáticas y reveladas, o filosóficas (caso del Budismo por ejemplo).

La inmensa mayoría de personas al estar dominados por su personalidad egoísta y carecer de educación espiritual profunda o esotérica, viven en el mundo de ilusión e ignorancia y su conjunto de espejismos o elementos materiales-personales. La alienación con dicho mundo es tal, que el 98 % o más de la humanidad constituye permanentemente el gran rebaño de ovejas domesticadas por el imperio del Yo.

Para liberarse del mundo de ilusión e ignorancia y su inherente naturaleza transitoria, efímera, impermanente y mutable, para romper esa grotesca condición de oveja domesticada, el individuo tiene que dedicar algo de tiempo para conocer esos principios universales subyacentes o esotéricos que confluyen en la filosofía perenne, es decir, tiene que educarse para convertirse y actuar como un emprendedor y aspirante espiritual, de tal manera que pueda adoptar un estilo de vida alternativo que lo potencie para abandonar su yo chico y para descubrir su Yo Gigante, su Yo Superior. Este proceso se llama regeneración espiritual, y quien lo realice con absoluta determinación, tendrá la posibilidad de experimentar la presencia del Poder Superior con una enorme claridad, pues habrá logrado vaciar su voluntad y liberase de aquel enorme bulto lleno de deleites, apegos, deseos y pasiones.

A través de una educación espiritual profunda o esotérica (el conocimiento de la filosofía perenne o sabiduría universal) perseverante y complementada con la gracia divina,  el ser humano debería ser capaz de aniquilar su ensimismado yo y de vivir para su espiritual NO-YO, con el fin de vaciar su voluntad obstinada y permitir que su alma sea llenada por la Voluntad Divina. En ese punto, habrá llegado a un estado en el que ya no existen los obstáculos que normalmente le impide advertir continuamente la Divina Base del Poder Superior y será capaz de comprender el sentido de la vida.

Para saber cuál es el más profundo y trascendente sentido de la vida, es necesario complementar todo lo anteriormente expuesto,  con el conocimiento de los conceptos de felicidad ordinaria y  felicidad espiritual.

La felicidad ordinaria, a la que también podemos denominar felicidad vulgar, condicionada, material-personal y egoísta, es aquella sustentada en el mundo de ilusión e ignorancia y su vasto conjunto de bienes materiales-personales por los cuales la persona experimenta deleites, apegos, deseos y pasiones. Dichos bienes son transitorios, fugaces, mutables, corruptibles e impermanentes, y en consecuencia, extremadamente imperfectos y virtualmente inexistentes. Dichos bienes son 99.999999 % NO-SER y por ende, pertenecen al plano de la verdad relativa, la verdad de los entes (los conceptos de NO-SER y de ente, son propios de la ontología).

La felicidad espiritual, virtuosa, extraordinaria, inegoísta, libre de condicionamientos (es decir, no depende del mundo ilusorio de la materia y el deseo),  es aquella sustentada en los bienes espirituales, perfectos, incorruptibles e inmutables, que tienen un altísimo grado de SER PURO y por ende, pertenecen al plano de la verdad absoluta, la verdad de Dios.

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Motivos para ser un emprendedor y estudioso de la filosofía perenne

El sentido de la vida según la filosofía perenne

1. La Filosofía Perenne nos permite responder las preguntas más trascendentales y cautivantes de la existencia humana sin acudir a los dogmas: ¿Existe Dios? ¿Existe el espíritu en los seres humanos? ¿Existe la vida eterna o supervivencia espiritual? ¿Y de ser así, es gratuita o está condicionada a cierto tipo de transformación y evolución espiritual? ¿Existe el juicio final colectivo o individual? ¿Por qué Dios permite el sufrimiento? ¿Por qué Dios creo al hombre tan imperfecto? ¿Cuál es el rol que desempeña la personalidad egoísta dentro de las aspiraciones o metas de carácter espiritual? Por eso nos sobran motivos para ser un emprendedor espiritual

2. De acuerdo con la Filosofía Perenne, la inmensa mayoría de hombres y mujeres al estar dominados por su personalidad egoísta y carecer de educación espiritual, viven en un mundo de ilusión e ignorancia, ya que el mundo que para ellos es real, concreto y le da sentido o una razón de ser a sus vidas, está conformado por elementos de naturaleza transitoria, fugaz, mutable e impermanente como lo son los deleites, los apegos (apegos con el yo inferior de sus seres amados, con los bienes materiales, con la vanidad, con los problemas y las preocupaciones), los deseos y las pasiones.

A través de la educación espiritual o bien, por medio de la gracia divina, la persona debe ser capaz de liberarse de ese mundo de ilusión e ignorancia que condiciona poderosamente su existencia en un sentido amplio (porque lo convierte en una oveja domesticada del gran rebaño), y adoptar un estilo de vida alternativo, que lo potencie para descubrir su Yo Superior, su Yo Espiritual, de tal manera que pueda encontrar la felicidad trascendental, aquella que no está condicionada por los bienes exteriores ni por satisfacciones personales (ambos son absolutamente fugaces y transitorios). Producto de ese estado de liberación o de incondicionalidad alcanzado, sobreviene  la  auto realización espiritual y la posibilidad de experimentar la presencia del Poder Superior con una enorme claridad, pues la persona ha logrado vaciar su voluntad y se ha liberado de aquel enorme bulto lleno de deleites, apegos, deseos y pasiones. En otras palabras, ha encontrado el sentido de su vida gracias a la filosofía perenne.

3. Las propuestas o formulaciones de la filosofía perenne, en principio tan radicales pero al mismo tiempo tan cautivantes, elocuentes y desafiantes en torno al CÓMO HACER para amar, conocer y unirnos al Poder Superior. Ejemplos de algunas de estas formulaciones: Aniquilar nuestro ensimismado yo. Morir para nuestro yo en sentimiento, voluntad e intelecto. Vivir para nuestro “espiritual no-yo”, con el fin de hacer cumplir la Voluntad de Dios. Vivir en el modo de santa indiferencia, es decir, la negación total de nuestro yo separante, nuestro yo egoísta. Abnegación versus la obstinación de la voluntad personal. Dichas propuestas en síntesis, lo que nos dicen es que tenemos que olvidarnos o abandonar nuestro yo chico (personal) para descubrir nuestro YO GIGANTE (superior, espiritual). Tenemos que ser apasionados del desapasionamiento.

4. La esencia ética de los principios o formulaciones de la Filosofía Perenne pueden expresarse en términos muy modernos y técnicos. Por ejemplo:

¿Cuál es el costo de oportunidad de mi ensimismado yo?

-Que haya menos de la Voluntad de Dios en mi ser.

¿Cuál es el costo de oportunidad de “mi interés propio” y de la obstinación de mi voluntad?

-La incapacidad de obtener auto realización espiritual y de convertirme en un medio para hacer cumplir la Voluntad Divina, que es la misma Ley Eterna, ley que nos manda amar las cosas ordenadamente, conforme su grado de perfeccionamiento espiritual, y no preferir lo material a lo espiritual, ni lo efímero a lo eterno, ni lo cómodo y placentero a lo virtuoso. Esta ley  constituye el Perfectísimo Orden Divino (en palabras de San Agustín de Hipona) que debe regir el propósito de nuestras vidas, nuestras decisiones, nuestros planes, nuestras aspiraciones, nuestro desenvolvimiento ético.

Por último, dos frases alusivas al costo de oportunidad de nuestro desenvolvimiento espiritual: “No yo, sino Dios en mi”. “Cuanto más haya del yo, menos habrá de  Dios en mi”.

5. El sentido de la vida: La Filosofía Perenne se fundamenta en principios sencillos y básicos pero que a la vez representan un gigantesco desafío para la humanidad. Uno de estos principios enuncia que la vida no es un fin en sí misma para establecer apegos con el yo inferior de nuestros seres amados, con los deseos, con las pasiones, con los bienes materiales y con la vanidad (es decir, con los elementos de naturaleza transitoria, fugaz, mutable e impermanente del mundo de ilusión e ignorancia), sino todo lo contrario, es un medio para lograr la supervivencia espiritual y la unión con el Poder Superior a través de la ruptura más amplia posible con todos esos elementos.

Otro principio y razonamiento básico es el siguiente: En el estadio existencial de plenitud o de unión con Dios, no pueden existir las necesidades, ni la escasez de recursos, ni la eficiencia, ni los deleites, ni los apegos, ni los deseos, ni tampoco las pasiones. Tampoco hay objetivos ni metas. ¿Sería ese el hogar ideal para el alma de una persona que nunca se liberó de su yo inferior, de su yo egoísta, de su yo diminuto, del enorme bulto lleno de condicionamientos materiales-personales, de su condición de oveja domesticada del rebaño, que nunca logró evolucionar espiritualmente para descubrir su “espiritual no-yo”, o lo que es lo mismo, su Yo Superior? ¿Sería el estadio existencial adecuado para quien nunca dejó de ser un “ensimismado yo” y en consecuencia no logró acercarse siquiera un poco a lo que es la contemplación del Poder Superior, a pesar de que todas las almas, en palabras de Garrigou-Lagrange, reciben un remoto llamado general a la vida mística? El alma del “ensimismado yo”, quien durante su vida se obstinó en que su voluntad estuviese al servicio de su personalidad egoísta, negándose a sí mismo la oportunidad de amar, conocer y unirse a Dios.

En términos de salvación o de supervivencia espiritual (es decir, en términos escatológicos), las almas deben pasar por una serie de existencias conscientes (corpóreas o incorpóreas según sea la doctrina que se estudie) indefinidamente larga, de tal manera que tendrán tiempo y oportunidad para aprender y evolucionar hasta que finalmente alcancen el estadio existencial de plenitud o contemplación absoluta. Qué tan largo sea ese proceso, dependerá en alguna medida, de lo que la persona logre en su vida como emprendedor espiritual y estudioso y  practicante de la sabiduría universal.

Dicho proceso evolutivo mediante el cual, la abnegación se va imponiendo a la obstinación de la voluntad es necesariamente doloroso, porque nuestra personalidad egoísta ejerce una enorme influencia en nuestra mente y en nuestra voluntad, y por eso mismo, ante cualquier acción que tenga por objeto reducirla y aniquilarla, ella responderá provocándonos sufrimiento. Sin embargo, a medida que perseveremos y progresemos, el sufrimiento irá siendo sustituido por la maravillosa autorrealización espiritual, el descubrimiento del Yo Superior y las bondades de la gracia divina.

No existe un  desafío más grande para el ser humano, que el de vaciar su voluntad, aniquilar su ensimismado yo, lograr un alto grado de libertad en relación con sus deseos y pasiones, experimentar su propia espiritualidad y alcanzar por instantes la contemplación (estado de la persona que está absorta en la vista y consideración de Dios, según definición del diccionario). Y en  la contemplación, encontramos el sentido de la vida, según la filosofía perenne.

“El hombre pequeño se complace y se apasiona con sus objetivos materiales-personales, ese es su techo; mientras tanto, el hombre grande se complace y se apasiona con el desapasionamiento y con sus objetivos espirituales, por lo que nunca jamás tendrá un techo que lo limite”.

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